jueves, 18 de diciembre de 2014

Es que no basta leerlo, hay que vivirlo.













Hace años fui al festival Literatura en el Bravo en Ciudad Juárez. Me colé a la fiesta de bienvenida, donde estaban Juan Gelman, Ledo Ivo, Eduardo Antonio Parra, y muchos otros. Obviamente los escritores invitados eran una élite y ni pelaban al resto de los asistentes, así que terminé cotorreando con dos poetas jóvenes locales -según recuerdo eran hermanos-, y con un académico alemán como de cincuenta y tantos años, con quien hablé largo rato sobre literatura mexicana.

Se acabó la fiesta oficial. Los hermanos poetas y yo hacíamos planes para seguir tomando, el académico alemán escuchó y quiso venir con nosotros, fascinado con la idea de conocer la Ciudad Juárez que inspiró el 2666 de Roberto Bolaño.

Caminamos a un barecillo ahora extinto del Pronaf. A medida que la noche avanzaba, le íbamos contando al extranjero más y más historias terribles de la cotidianidad en la ciudad: secuestros, balaceras, colgados en el Puente Al Revés. Todo pasó del plano ficticio, de lo meramente narrativo, a la realidad: alguien se estaba peleando en el bar donde nos encontrábamos, recuerdo haber oído algo sobre una pistola, recuerdo el escándalo, gente movilizándose, nos sacaron del lugar. Caminamos unas cuadras por la calle, aún los poetas y yo poniéndonos de acuerdo sobre el siguiente bar que visitaríamos, pero el alemán, exaltado, se despidió y tomó un taxi a su hotel. Jamás lo volví a ver. Tampoco a los hermanos poetas.

Hoy estaba investigando a los profesores del doctorado en Letras Hispánicas y Portuguesas de la UCLA, ya que solicitar admisión para un Ph.D. en Estados Unidos no es cosa de juego: además de los innumerables requisitos de admisión, uno tiene que investigar a los catedráticos para decidir de antemano con quién deseará trabajar en caso de ser aceptado. Esa empresa me llevó a descubrir el interesante trabajo de investigación de un tal Marten van Delden, investigador y profesor de literatura hispánica en dicha universidad. Su especialidad de estudio es la literatura mexicana (es un "mexicanista", se diría en el mundo académico). Se despertó mi interés por trabajar con él, y cuando miré su fotografía hice la conexión: se trataba del mismo hombre con quien compartí la intrascendente aventura de aquella noche por Ciudad Juárez.

Más allá de repetir metáforas gastadas sobre el tamaño de este mundo y la ironía de la casualidad, o de hablar sobre cómo los temas de la ficción a veces se hallan graciosamente confluyendo en la realidad, me quedo con la pregunta: ¿contará esta anécdota para poner en mi carta de solicitud de admisión?


 
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