jueves, 27 de julio de 2017

Todo inmigrante es un aventurero

Soy una inmigrante mexicana viviendo en una ciudad de Texas, la ciudad más multicultural de Texas, donde la mayoría de la población habla el inglés con acento extranjero. El mío lo han confundido con acento francés, griego y ruso. Pero la población que más abunda es la de inmigrantes del Medio Oriente.

En un año de interactuar con la comunidad, me han preguntado tres veces que si soy de Nepal, dos veces si soy de Persia, una vez si soy de Irán. Dos chicas se me acercaron en un bar a enseñarme una fotografía de una amiga suya de Bangladesh "igualita a mí"; una vez un niño intentó hablarme en nepalí y otra más una pareja de musulmanes al ver mi apellido me preguntaron que si soy de Marruecos. Siempre se impresionan cuando digo que soy mexicana.

Es verdad que llevo un apellido árabe, el padre de mi padre llegó de Líbano a México en los años treinta y se casó con mi abuelita quien por su pinta y la de sus hermanas yo adivino que tiene genes eslávicos o germánicos. De ahí proviene mi mestizaje entre raza árabe y europea. Del otro lado de la familia, mi familia materna, mi tatarabuelo llegaba de España y engendraba descendencia que luego se mezclaría con los genes mestizos de mi otro abuelo, el mexicano. Mi ascendencia fue vertiéndose una sobre otra hasta derivar en lo que ahora soy, sea lo que sea que soy: el último eslabón de la cadena, el presente de todo este entramado genético en cuya historia debió haber incontables narrativas de amor, de alegrías, pero también de tragedias y dolores que cargo sin ser consciente de ello.

Algo se me despierta en el corazón cuando conozco a estas personas del Medio Oriente y las observo encontrar en mí algo de ellos, de sus culturas, de sus genes, rasgos con los que están familiarizados. Estos encuentros me hacen consciente del pasado que no conocí, me muestran otra perspectiva de mi biología: mi genética árabe que porto a flor de piel y la cual a veces ni tomo en cuenta.

Me gusta pensar que esas personas ven en mí, vivo, el pasado cultural que me hermana con ellos, como si no fuera yo sino mi árbol genealógico el que les sonríe y les contesta: "no, no soy de allá, pero mi abuelo llegó de Líbano...". Y me preparo para después escuchar sus historias de inmigración, seguramente muy parecidas a la de mi abuelo, seguramente muy parecidas a cualquier historia de inmigración: un joven pobre y soñador deja su país en busca de nuevos horizontes, comienza una empresa, la empresa de su vida, sea ésta construir una familia o poner una tienda o alcanzar cualquiera que fuera el sueño que en su país no pudo alcanzar. Todo inmigrante es un aventurero, por necesidad o por decisión, al final sus aventuras desembocan en lo mismo: amor, alegrías, tragedias, dolores, sepultar el pasado, vivir el presente, prepararse para el futuro, donde quizá alguna vez sus tataranietos se pregunten cómo era él, cómo fue su vida.

1 opiniones:

Anónimo dijo...

Qué bonita entrada, Érika. Tú que también eres inmigrante de los sueños.

 
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