viernes, 26 de mayo de 2017

Instantánea de otro incendio (Summerlove remix)


Luego de años, Fanny volvió a ver a Leonard durante una fiesta. Hasta ese momento no había pensado antes en él, quizá por temor, quizá por pereza. Estaba de visita en la ciudad de su pasado debido a un asunto laboral y, previa al viaje, una corazonada le indicó que habría de enfrentarse otra vez a los dolores de una herida mal sanada, habría que saldar cuentas, encarar lo ocurrido ahora convertida en adulta.

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Una sombra se dibujó bajo el marco de la puerta. "Fanny", dijo la voz, la voz de la sombra, una voz masculina que no la llamaba, sólo enunciaba su nombre, como confirmando que aún existía la persona que respondía a él, como comprobando que era la misma Fanny a quien había llamado así años atrás, bajo el ardid de la juventud y el enamoramiento. El tiempo había desteñido ese enamoramiento, pero éste resurgía de las profundidades ahora que él pronunciaba su nombre.

La bestia que yacía moribunda en su corazón se irguió con curiosidad y ella también pudo sentirla, porque ella también la traía consigo, entre los dos la habían creado, la habían dado a luz. Lo sorprendente -terrorífico y dulce a la vez- era constatar que la bestia no estaba muerta como ambos habían creído, sino que se hallaba dormida a la espera de ese instante.

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La fiesta se llevó a cabo la misma noche en que Fanny llegó a Pueblo Alegre. Estaba sentada en una silla de plástico, pegada a la barda que da límite al pequeño patio trasero de la casa del Che, anfitrión y antiguo compañero de la universidad. La silla se ubicaba a unos metros frente a la puerta de entrada, bajo la cual ella apareció minutos antes, saludando a sus viejos amigos quienes la recibieron con alboroto. Le ofrecieron el mejor asiento como muestra de acogedora bienvenida. Los demás se encontraban tumbados en el suelo, unos recargados en la jardinera. La única fémina aparte de ella era una muchacha que no conocía y que se hallaba en un banquito de tamaño infantil.

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La verdad es que llegó a Pueblo Alegre pensando en Eddy, otro amor añejo quien, sin embargo, nunca volvió a aparecérsele, pues más tarde lo comprobaría, ése era caso cerrado: el destino no la reunió con él, la reunió con Leonard.

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En sí, la atención de Fanny no fue capturada por el llamamiento de su nombre sino por la trepidación de la voz que tenía aquella sombra, el sonido específico y el efecto de esa voz sobre ella. Saltó de la silla y pronto se encontró dibujando una segunda sombra con su cuerpo en la contraluz de la puerta. Las dos sombras se convirtieron en una cuando ella exclamó, en voz muy queda, "¡Leonard!" y lo rodeó con sus brazos.

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Estaba oscuro, sólo alumbraba la luz que provenía del interior de la casa, de donde también salían música, risas y personas que se iban incorporando al grupo del exterior. Fumaron mariguana y escucharon a Fanny hablar, tenía tanto que contarles. Ellos, aquejados por la costumbre de ver los mismos rostros de siempre, se mostraron agradecidos al tener una visitante arribada de un pasado remoto, en el cual llegaron a compartir tantas aventuras.

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El abrazo duró apenas un minuto, suficiente para transportarlos a ambos en el tiempo. Palpar sus cuerpos de nuevo hizo que todo se sintiera igual a la primera vez: un pequeño incendio que aún no se sabe si se apagará, o arderá incontrolablemente.

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Los viejos compañeros de universidad conocían la historia de Fanny y Leonard, por tanto se hicieron cómplices del reencuentro, al verlos juntos sintieron cierta satisfacción, cierta empatía con deseos de ir al pasado, como sus dos amigos lo hacían en ese momento. Pero Leonard debía volver al presente, a la adultez, a los protocolos humanos. Tomó el brazo de Fanny, entrelazando sus dedos a los de ella en una muestra oculta de afecto y, mientras la dirigía hacia afuera, rumbo al banquito donde la otra muchacha estaba sentada, le anunció: "te presento a mi novia".

 
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