jueves, 30 de junio de 2011

"Delincuentos" de Arminé Arjona.

Como habitante que alguna vez fui de las ciudades de Juárez y El Paso, los textos de Arminé Arjona me resultan familiares, cercanos, comunes. Sin embargo, pensando como tamaulipeca o como chilanga que también fui, encuentro en los “Delincuentos” de esta autora fronteriza, una voz que revive el vivir cotidiano de la ciudad más peligrosa de México: situaciones, regionalismos, formas de pensar que no se dan en ningún otro lugar del país, ya que la vida diaria de Ciudad Juárez, a pesar de estar siempre corrompida por el miedo y la incertidumbre, se colma de una especie de indiferencia con la que los ciudadanos aprenden a matizar sus costumbres, su lenguaje, su paso por la ciudad, ya sea en una acción tan habitual como ir a comprar las Coca-Colas al Rapiditos Bip Bip, o fijar una cita afuera de la misma tienda para hacer tratos de drogas.

Y con esta indiferencia humorística, Arminé redacta sus cuentos, que a pesar de transmitir el desengaño reflejado en la clase media-baja fronteriza, terminan casi todos en finales felices: la muchacha que se aventura a cruzar el puente internacional con la cajuela llena de droga y escapa de los migras como en película de acción, los agricultores pobres que gastan todos sus ahorros en semillas de marihuana para que unas vacas terminen comiéndoselas (“¡pinches vacas pachecas!”, se burlan de su propia tragedia), las estafas de los que se dedican a cruzar drogas o las misiones encubiertas de los policías gringos que se hacen pasar por civiles para dar con sus delincuentes, logran que el lector acabe cada relato con una sonrisa en la boca, pero a la vez con una sensación de desesperanza.

Un libro realista, irónico, de fuerte crítica social y peculiar visión femenina, que evidencia la participación de casi cualquier habitante de Ciudad Juárez (aunque no lo quieran y no lo sepan) en el narcotráfico. El libro incluye una sesión titulada “Y sigue la mota dando…”: glosario de regionalismos que abarcan no sólo la jerga juarense, sino todo un argot del narco y de la gente familiarizada con las drogas, incluyendo sus equivalentes jergas chicanas, colombianas, argentinas, chilenas, etc.

Arminé Arjona, de cincuenta y dos años, se expresa como cualquier joven norteño, vive como cualquier adulto clase mediero y piensa como cualquier ciudadano fronterizo relacionado en el narcotráfico, pero escribe, he de decirlo, como sólo pocos se han atrevido, una poeta fronteriza comprometida con dar un testimonio de su época y su situación geográfica.

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