miércoles, 30 de marzo de 2011

Obituario (I wish this was a dream)

"And Michael you will fall and turn the snow red ,
like strawberries in summertime"
-Fleet Foxes

Era nuestro vecino. Acabábamos de llegar a estos departamentos y a él lo conocimos como conocimos a los demás vecinos. Sin embargo, Michael nos cayó mejor que los otros cuando descubrimos que le gustaba el rock. Lo seguimos invitando a tomar cerveza, a oír música. Él siempre pedía grunge (sus bandas preferidas eran Alice in Chains, Nirvana, Bush).
A mí me recordaba a Kurt Cobain: güero y delgado y de cabello largo. Llegaba con su guitarra a las fiestas de la cuadra y apagaba la música para ponerse él a tocar.
Siempre tocaba con los ojos cerrados. Al principio todos nos interesábamos en sus notas y berreos, pero nos cánsabamos de escucharlo antes de que él se cansara de tocar. Poco a poco la gente se iba alejando, salían al balcón a fumar, platicaban entre ellos, discretamente ponían la música de nuevo. Y Michael continuaba tocando su guitarra con los ojos cerrados y entonando su voz ronca como de Kurt Cobain.
Todos decían que era raro. Una vez en una peda estábamos hablando de cualquier bobada, carcajéandonos, y de repente Michael dio un grito, un gemido que captó nuestra atención. Se llevó el pulgar y el indice a los ojos, uno a cada ojo. Todos nos callamos porque supimos que estaba llorando. De repente levantó la mirada y siguió la misma conversación que teníamos antes de que se pusiera a llorar; tan como si nada, que volvimos a carcajearnos.
De los vecinos, mi esposo Ulises era el único que lo comprendía. Ulises también es un poco raro y está enamorado de mí porque yo también soy rara. Aunque si se piensa con detenimiento, todos en este mundo somos extraños. Dijo Jim Morrison: "la gente es rara cuando tú eres raro", y ahí estábamos los tres sentados en la sala de nuestra casa con un litro de cerveza cada uno.
Mi esposo y él se juntaban a sacar canciones en la guitarra. Yo me sentaba en la sala a verlos o me quedaba en el cuarto leyendo y desde ahí los escuchaba. Un día me hizo gracia oír a Michael decirle a Ulises que no requinteara tanto porque sonaba mexicano.
Cuando hablábamos Michael y yo, casi siempre era de música, de bandas que los dos conocíamos pero que dábamos por nuevas, ya que al pronunciarlas se escuchaban como dos diferentes bandas. Sin duda él las pronunciaba correctamente, mas si hubiéramos estado en México, sería yo la que las pronunciaría correcto: "Soul Asilum", mientras él decía "Saul Esailum".
Poco a poco fuimos haciéndonos cercanos, mi esposo más que yo, pero yo soy prácticamente una extensión de él, así que todo lo que Ulises siente, yo lo siento. Y Ulises lo apreciaba.
Michael se mudó en enero de este año a la casa de su papá, fue la última vez que lo vi antes de su cumpleaños. Mi esposo lo volvió a ver un par de veces.
El miércoles pasado (justamente hace una semana) nos invitó a su parrillada de cumpleaños. Era en el patio de la casa de su padre, la cual más que casa parece un rancho, con sembradíos de naranjas y árboles centenarios y largos metros de pasto y tres perros gigantes.
En la parrillada estaba su familia; estaban también los amigos que habían sido sus compañeros desde la escuela primaria; estaban los vecinos de mi colonia, con quienes convivió los cinco años que vivió aquí. Mi esposo y yo entrábamos en éste último grupo.
Tomamos cerveza, comimos alitas de pollo, cantamos el Happy Birthday y le dimos 30 nalgadas, una por cada año que cumplió. Lo abrazamos. Su novia Rachel le entregó un regalo, su amiga Ashley una tarjeta de cumpleaños. Sin planearlo, cada uno de los presentes comenzó a contar anécdotas y memorias que tuvieron con él. Lo recordaron de pequeño, de joven, de adulto. Rememoraron cosas graciosas y todos nos reímos, pero cuando lo buscamos, Michael ya se había ido adentro a tocar la guitarra.
El sábado Ulises lo llamó a su celular. Contestó de mala gana, pero a medida que hablaban a Michael se le fue elevando el ánimo. Ulises le preguntó si podíamos ir a visitarlo y él dijo que sí.
Llegamos con un seis de cervezas. Él, su papá y Rachel estaban cenando. Acabaron y salimos al patio, donde había una hoguera con leñas que ellos encendieron. Ulises estuvo platicando largo rato con el papá de Michael. Yo estuve platicando con su novia. Michael estuvo cantando unas de Soul Asylum y recuerdo que dijo que su canción preferida de los Beatles era "While my guitar gently weeps", lo cual me pareció totalmente acorde con él.
Se acabaron los cigarros, Michael y mi esposo se ofrecieron a ir por más. Tardaron mucho. Yo le estaba recomendando a Rachel que viera "Across the Universe", una película inspirada en los Beatles, ella me dijo que la iba a checar. Por alguna razón me imaginé a Rachel viendo la película junto a Michael, acostados en la cama de su cuarto. Mientras esto pasaba, según me contó Ulises, ellos dos fueron rapidísimo por los cigarros, pero al llegar de vuelta a la casa, Michael le pidió que se quedaran escuchando un disco en el carro. Oyeron dos canciones enteras de hardcore (Ulises no reconoció la banda). Michael le subió a todo el volumen, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Ulises sacudía el cabello y guitarreaba en el aire.
Regresaron y todos fumamos. Esta vez nos quedamos callados observando la leña consumirse, apaciguados ya por la cerveza y el calor de la fogata. Por el rabillo del ojo vi que Rachel y Michael estaban tomados de la mano y me pareció tierno. Creo que me pareció tierno porque nunca antes había visto entre ellos muestras de afecto.
Esa noche, como se acostumbra en este país, nos despedimos con un abrazo (en lugar del beso que damos los mexicanos). Dijimos "seguimos en contacto" y planeamos ir al karaoke el miércoles, pues queríamos escuchar a Michael cantar una de Blind Melon.
Kurt Cobain se suicidó a los 28 años. Michael ya tenía 30. Cuando tenía 26 lo intentó por primera vez tomándose una sobredosis de antidepresivos. Luego a los 28 quiso colgarse de una soga, mas lo descubrió su padre y lo sostuvo gritando, hasta que llegaron los vecinos a ayudarle. Así que fue a los 30, "la tercera es la vencida".
El domingo bien entrada la noche, Michael caminó hacia los sembradíos de naranja, lejos de su casa, por eso el padre no escuchó el disparo.
El papá fue a buscarlo subido en el tractor, pero no encontró nada. Entonces habló por teléfono a Rachel y a su primo Brad para ver si estaba con ellos. Brad le dijo que fuera al campo de nuevo, pero que no lo buscara de pie, que buscara en la tierra. Así lo hizo y, desolado, encontró el cadaver.
El señor llamó a mi esposo llorando, dijo que cuando halló a Michael, aún había un cigarro consumiéndose en el suelo.
Nadie supo por qué lo hizo y sin embargo a nadie le pareció sorpresivo. Dice Brad que era cuestión de tiempo, tarde o temprano lo haría.
Michael no dejó carta y jamás hablaba de sus sentimientos, así que nunca sabremos qué es lo que estaba pensando antes de morir. A mí me da por imaginar que todos nosotros, con quienes estuvo conviviendo intensamente su última semana de vida, debimos haberle pasado por la cabeza. Pero tal vez pensar eso es demasiado egoísta. Demasiado egoísta de mi parte, pues el suicidio es egoísmo sólo de parte del suicida.
Lo único que sabemos con certeza es que le dio un último toque a su cigarro e inmediatamente después se disparó en la boca. Lo único que yo siempre supe, es que Michael no pertenecía a este mundo y decidió reincorporarse al vacío, lo único que lo conformaba.
Mañana jueves 31 es su funeral, otra vez a Michael lo persigue el 3. Mi esposo, que ha estado sumido en una melancolía y confusión tremendas, decidió tocar la canción que ellos dos compusieron en la ceremonia. Yo le ayudaré a cantarla, la letra dice así:
"And then I tell you something like everything will be just fine, and then you tell me that everything its gonna be alright".

In memoriam Michael Lambert,
23 de marzo 1981 - 27 de marzo 2011

martes, 1 de marzo de 2011

Batalla en el cielo y la estética de lo grotesco.

Como colofón a mi Top 10 de Películas Perturbadoras, debo agregar esta película mexicano-belga-francesa llamada Batalla en el cielo (Battle in heaven) que fuera premiada por el Cannes, el Sundance y el Toronto Film Festival en 2005. Está dirigida por Carlos Reygadas, mexicano quien también dirigió Japón (2002) y Luz Silenciosa (2007). Esta última fue grabada en Cuahtémoc, Chihuahua, en una comunidad menonita donde me tocó verla durante su estreno mundial, rodeada yo de menonitas quienes a medida que la película avanzó, fueron abandonando -indignados- la sala de cine.

Batalla en el cielo utiliza una estética de lo grotesco, pues al observar cada escena (la gente en el metro, en el aeropuerto, las calles del D.F), parece que el director se esfuerza por grabar sólo a la gente rara, a la gente desvalida y fea (odio usar ese adjetivo). Pero de esfuerzo quizá no haya mucho, pues la vida cotidiana en la Ciudad de México no dista de ser así.

En el filme hay escenas casi pornográficas que resultan repugnantes pues rompen todos los esquemas que alguien puede tener acerca del sexo. Sin embargo, una vez que uno abre la mente, comienza a encontrar el encanto en la película, en la estética de las masas que se atraen y que embonan o contrastan magníficamente (dos cuerpos obesos, morenos, llenos de pliegues, haciendo el amor; o por el contrario, un cuerpo obeso, moreno, contra un cuerpo casi perfecto de mujer esbelta y nacarada).

La primera escena es una bofetada para el espectador: desnudos, aparece una muchacha joven y guapa, ante este hombre gordo desnudo, a quien le hace una felación. El espectador piensa de inmediato que se trata de un abuso sexual. Pero para la última escena que es exactamente la misma pero con un pequeño diálogo espléndidamente agregado, la visión de esa relación hombre-repulsivo/mujer-hermosa ya es totalmente comprendida por quien mira la película que trata de lo siguiente:

Marcos, un guardia de seguridad obeso y pobre, que hace las veces de chofer de la hija de su patrón, tiene una mujer aún más obesa, masculina, quien es vendedora ambulante en una estación del metro. No sólo se muestra lo que rodea a esta familia de clase baja (gente enferma, humilde, grotesca, un ambiente entre amarillento y gris), sino que nos retratan su intimidad y sugieren la existencia de un secreto fatal por el que Marcos debe entregarse a la policía. Sin embargo, este secreto es asociado, al menos por el espectador, con la afirmación de que la pareja acaba de perder un bebé.

Por otro lado está Ana, la hija del patrón, una muchacha clase media-alta que a escondidas de su padre se prostituye en una casa de citas simplemente por diversión. Las pocas escenas donde sale Ana (y más tarde su novio Jaime) contrastan con todas las demás, siendo reflejo de la clase alta mexicana: departamentos lujosos y en órden, automóviles caros, gente bonita y sonriente, luz blanquecina.

Lo que más me gusta es lo que no queda implícito en la película. El padre de Ana nunca aparece, entonces queda claro que la relación con su chofer (quien trabaja con ellos desde que Ana es una niña) ha sido más estrecha a lo largo de los años que la relación con su padre. Por ello, entonces, Ana accede a tener sexo con Marcos, no solamente porque se dedica a eso (como cualquiera pudiera creer), sino porque le guarda un afecto retorcido donde, psicológicamente, el chofer reemplaza a la figura paterna ausente.

Cuando Marcos asesina a Ana, se enfatiza el carácter bestial de las clases bajas, y uno no se explica por qué lo hizo, si la muchacha se había portado tan bien con él. Tampoco la película da ninguna respuesta, y el espectador se quedará repasando las opciones: ¿la mató porque Ana sabía "el secreto" y dicho secreto se trataba de algo más que la pérdida de su bebé (algún otro asesinato, quizás)?, ¿la mató porque ella era algo demasiado hermoso que contrastaba con el equilibrio de su munduzculo hórrido?, ¿la mató porque la amaba y sabía que nunca la podría tener?, ¿o porque amaba a su esposa y no soportó haberle sido infiel con una mujer bella?

Las preguntas quedan abiertas y al final Marcos se refugia en la fe y el arrepentimiento, dirigiéndose, de rodillas, a la Basílica de Guadalupe, ese lugar donde todos los pecadores de México van a pedir perdón, sin importar su apariencia, ni a qué clase social pertenezcan.

 
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